¿Por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre?

Hace 12.000 años algo comenzó a cambiar en la vida del ser humano. La razón, que nos separó de las bestias, nos permitió entender los ciclos misteriosos del mundo que habitábamos. Abandonamos el Paleolítico y nos adentramos en el Neolítico, una edad en la que fuimos capaces de la agricultura y la ganadería. Ya no necesitábamos cazar para comer carne: aprendimos a criar nuestras propias bestias. Y no necesitábamos recolectar los frutos silvestres: aprendimos a cultivar la negra tierra. Y todo eso lo hicimos por separado, en distintas latitudes, cuando antepasados cuyos nombres jamás conoceremos, miraron la bóveda estrellada y comprendieron el cielo. Su mirada inteligente nos regaló el calendario con el que dejamos de sobrevivir en la naturaleza y fuimos capaces de tener, por vez primera, más de lo que necesitábamos. La agricultura y la ganadería nos proporcionaron el excedente con el que edificamos las civilizaciones humanas, con sus muchos logros materiales y sus miserias morales.
Un punto central de ese calendario al que nos llevó la observación del cielo es el solsticio de invierno. La comprensión del renacer del sol que devolvía la fertilidad a la tierra. Es por eso que, donde quiera que miren historiadores y antropólogos, las civilizaciones ya perdidas rememoraban este día. Tejían su cultura, sus misterios y sus símbolos arcanos en torno al solsticio de invierno. Ese fue, también, el caso del Imperio Romano. En el periodo más oscuro del año, celebraban las fiestas en honor a Saturno, dios de la agricultura y la cosecha. Durante una semana, incluso los esclavos aplazaban el trabajo cotidiano. Se visitaba a las familias, se intercambiaban regalos y se celebraban grandes banquetes pese a la esterilidad de la tierra, en la confianza plena de que el 25 de diciembre, como cada año, nacería de nuevo el Sol Invictus, el sol invencible. 
El Cristianismo, la religión revelada más extendida del mundo, practicada por uno de cada tres creyentes en Dios, nació en aquel imperio, hoy desaparecido. Sus libros revelados nada dicen sobre la fecha del nacimiento de su fundador. Fue un papa, Julio I, en el siglo IV de nuestra era, quien fijó por vez primera el 25 de diciembre como el natalicio de Cristo. Unió con ello la solemnidad de la Navidad a las grandes festividades agrícolas en torno al solsticio que se celebraban en el Imperio Romano.

Diez siglos después, cuando la Cristiandad apenas recordaba aquel gesto papal por el que celebraban la Nochebuena el 24 de diciembre, ocurrió algo asombroso. Cuando los primeros españoles cruzaron el Atlántico se encontraron con una civilización que honraba en torno al solsticio el natalicio del dios Huitzilopochtli. Era un tiempo de fiesta para los indígenas mexicanos, de generosidad mutua y comidas familiares esperando a que el dios más venerado del altiplano central renaciese del inframundo para volver a la tierra. Otra civilización más del hemisferio norte, a través de la razón humana, de la observación del cielo, había llegado al calendario y honraba con sus mitos agrícolas el solsticio de invierno. La Navidad cristiana, el nacimiento de un niño dios en invierno, fue aceptada con facilidad en México, fusionando, como en tiempos de Julio I, ambas celebraciones.